Tengo una alumnita de piano. Se llama Agustina y comenzó su camino en la música a la misma edad en la que lo hice yo: a los 8. Soy su primera profesora. Y ella es mi primera alumnita.
Los devenires de las cosas y todos sus por qué en una completa enciclopedia ilustrada a tres colores
sábado, 10 de julio de 2010
Sobre el amor a los maestros... y el amor a los alumnos
Tengo una alumnita de piano. Se llama Agustina y comenzó su camino en la música a la misma edad en la que lo hice yo: a los 8. Soy su primera profesora. Y ella es mi primera alumnita.
domingo, 13 de junio de 2010
La cama I
- Soy de sangre azul, y, por lo tanto, soy menos homeoterma que los demás. In spagnolo: el mundo exterior a las frazadas es hostil porque hace mucho frío (en invierno) o está fuera del alcance del ventilador (en verano)
- Sufro buscando qué ponerme porque ya no uso uniforme. Y no sé por qué carajo no puedo superarlo.
viernes, 11 de junio de 2010
Banana con dulce de leche
Minovio salió de parranda. Primero asado y luego boliche.
Yo, filtrada, a viernes de una semana olvidable -y sin ganas de depilarme, plancharme el pelo, y probarme todo el placard para igualmente sentirme gorda-, balbuceé casi bradipsíquica un "andá vos nomás"
viernes, 4 de junio de 2010
Pudor Facebookiano
No me decido sobre si me da más pudor el exhibicionismo público o las faltas de ortografía.
Igual, lo que realmente me saca de quicio es la absoluta falta de redacción.
lunes, 31 de mayo de 2010
Duda dolorosa. Introducción
Tengo fotos a los 8 meses sentada en mi sillita de juguete con los auriculares puestos (éstos más grandes que yo). Tengo foto robando cassettes y un recuerdo sobre el misterio enorme que me generaba el equipo de música. En esa época los equipos de música eran aparatos gigantescos, para los cuales debía construirse un mueble que, a mí, me resultaba colosal. Al año y medio de vida, el único estante a mi alcance era el primero, ahí donde estaban los discos de vinilo. Y hasta hoy guardo en mi memoria esas imágenes: las tapas de los discos de Beethoven y Mozart elegidas por sobre las demás.
Mi mamá cuenta que, de bebé, me llamaba la atención la música de las publicidades de televisión.
En mi casa no había instrumentos musicales. Mi abuela paterna era pianista, y aparentemente una muy buena, pero no llegué a conocerla. Sólo la recuerdo vieja y enferma. Mi vieja estudió piano, pero sus padres nunca pudieron comprarle uno. Hoy por hoy, tengo un primo baterista, dos guitarristas y uno trompetista. Mi viejo decía jocosamente que es "un virus que anda por la familia"
Ya en jardín de cinco, en la salita de música de mi escuela había un piano de cola muy hermoso. Cada vez que ese piano sonaba, yo oscilaba entre la fascinación total y el deseo desmedido de que la maestra me dejase tocarlo. Y eso una vez sucedió: un día la maestra dijo que nos dejaba tocar el piano a todos, sólo si pasábamos ordenadamente de a uno y a condición de que, luego de tocarlo, le explicásemos lo que habíamos hecho...
Y ahí estaba yo, haciendo la fila que iba hacia mi turno de tocar el piano. Mi cabeza estallaba de deseo pero también explotaba de tensión: me sentía presionada a "explicar algo" después de tocar. Pero nunca había tocado un piano en mi vida. No sabía lo que iba a sonar debajo de mis dedos y, por lo tanto, no podía inventar, no podía preparar una explicación a priori. Me enfrentaba a lo imprevisible. Quería lograrlo todo: tener el placer de tocar el piano y quedar como la mejor alumna con la mejor explicación. Así que ahí estaba yo, librando una lucha intestina en mi interior por tenerlo todo. Oscilando entre la impaciencia de que por fin llegase mi turno y la necesidad de tener más tiempo para pensar.
Antes que yo pasaron varios. Todos hacían incoherencias y salían rápido del piano, supongo que frustrados por no haber logrado articular una explicación sobre lo que habían hecho, claro. Y ahí seguía yo esperando, queriendo destacarme, necesitando la atención de la maestra y emanando humito de la cabeza. Hasta que llegó el turno de Adrián, hijo de padre músico y compositor.
Adrián tocó todas las teclas, del grave al agudo. Impuso presencia y, al contrario de los demás, se tomó su tiempo para recorrer todo el teclado. Cuando terminó, y frente a la pregunta de la maestra, dibujó esto:
miércoles, 10 de febrero de 2010
Aclaración
Sigo siendo incapaz de entenderme con la cámara: sigo robándole fotos a mi-novio para el blog. Por el momento no va a enterarse, ya que tiene prohibida la entrada a este espacio y me aseguré de sacarle la pulserita fosforescente de acceso al mencionado portal hasta nuevo aviso.
Hay un par mías (noten las fotos malísimas), y otras bonitas que le robo con pudor pensando en que pondría otras, realmente de las bellas, pero se las guardo para sus derechos de autor y su flickr y su etc.
Así que ya saben, no roben fotos porque ya vienen robadas desde mí, y yo llegué primero.
Si quieren alguna (ya sé, no pregunten por el banner de apertura), le hacen señales de humo y se las piden a él.
Ah, y a los títulos pedorros se los pongo siempre yo. Soy de terror.
Hipérbole
Y yo voy a justificarme. Mi ser hiperbólico se debe a:
(un 30% culpa de LA TANADA, desglosada brevemente a continuación):
-Otro 10% culpa de la misma clase de tanadas por parte de mi madre (no hay comida para mañana, nos vamos a MORIR DE HAMBRE si no vamos al supermercado YA... claro, mientras mira, por supuesto, el freezer atiborrado de carnes blancas, rojas, verduras congeladas, papas fritas...)
-Otro 10% culpa de mi padre que me decía "yo no sé a quién saliste tan obsesiva", mientras refregaba el piso por tercera vez (hipérbole de disminución) y me explicaba el conflicto shiíta a través de las cruzadas medievales...
-Un 10% culpa de las multinacionales discográficas que lograron hacerme víctima de las "baladas" de "repertorio internacional" (confesión muy cruda, MUY)
-Un 10% culpa de los autos que me frenan a dos metros y me tocan bocina a 90db (¡¡MUERO del susto che!!)
-Un 10% culpa de la inmensidad del mar al que amo con todo mi cuerpo y al cual tengo miedo de ir a morirme.
-Un 10% culpa de todas mis vidas pasadas del siglo XIX.
-Un 10% culpa de mi-novio, el cual se divierte enormemente con ello.
-Un 10% culpa de la ansiedad que me pasa publicidades por abajo de la puerta a-todas-horas-todos-los-días.
-Y un 100% culpa de ser TAN CRONOPIO.