Si no fuera por ellas, no estaría acá tan lúcida escribiendo (bueno, luego de varias copas... lo de "lúcida"... es un decir)
Si no fuera por ellas... seguiría enredada dentro de mis obtusos límites.
Si no fuera por ellas... no me habría reído hasta quién sabe cuándo.
Y a mí que me encanta iniciar al hombre en el mundo femenino: ya célebre es la anécdota de una de mis amigas que confesó LO PEOR en grupo... ella inauguró una tradición, que les contaré luego de la anécdota:
Contó nuestra amiga que, cuando un novio la dejó, y ella no soportaba el perderlo... le rogó que no se fuera. El pibe abrió la puerta y ella... se tiró al piso y se aferró a sus pantorrillas cual tackle de rugby. Él... sacudía su patita como echando a un perrito. Y ella lo contaba haciéndose pis de la risa. riéndose de su "patetismo". Lo pongo entre comillas porque entre nosotras, nuestro código no permite hablar de patetismos. Sabemos que actuamos con el corazón. Siempre. Y ella terminó su relato y se rió. Mucho. Y nosotras no paramos de reír hasta que nos dolió la panza.
Y es al día de hoy en donde el anecdotario ya abultado produce el ritual de exorcizar nuestros demonios, compartirlos y reírnos. Mucho.
El anectodario de cada una de ellas es un mar. Las formas de cada una de ellas son tan diferentes que alcanzan para escribir una enciclopedia de psicología. Las rupturas de cada una de ellas me distraen en sus diferencias con las mías. Y me atrapan en eso tan en común que tenemos todas.
Las amo por estar. Por contenerme. Por distraerme. Por hacerme reír. Por hacerme llorar. Por hacerme pensar. Y por enseñarme a no arrepentirme de ser yo. Gracias amigas!!! Por estar. Por esa inteligencia tan deslumbrante nacida de lo sincero.
Y pasa el tiempo. Las uniones, las rupturas, las maternidades, los laburos, las vidas. Y el encuentro cada vez es más genuino y más pleno.
Las amo amigas.