Había nacido para hacer. Lo supo el día en que conoció al gigante de marfil. Él le sonrió, y ella vio sus dientes blancos y quiso tocarlos. Al principio toda ella era ansiedad, pero poco a poco fue descubriendo que todo su placer estaba bajo la yema de los dedos.
Su primer gran descubrimiento fue el eco, el retorno de lo que tocaba que volvía a acariciarla más suave, más sutil, en un susurro encerrado que sólo era para ella y para nadie más.
Entonces pasó lo que debía: entendió que su vínculo no debía estar mediado por nada, que había un mundo por temer, y que tenía que estar atenta a disfrutar lo que lo efímero le daba. Y no pensar más.
Recurrió a la maestra de los maestros y miró sus manos. Eran blancas y fuertes. Eran firmes. Eran plásticas. Y en un momento que sólo se adquiere por la más profunda de las admiraciones, se sintió morir de amor.