martes, 7 de septiembre de 2010

Sobre lo estructural y lo artificial




Soñé que se moría la tía Cristina de Rosario, y que viajaba a esa ciudad junto a mi familia para organizar sus cosas.

Supongo que, cuando una persona muere, lo primero que acusa recibo de la ausencia del dueño de casa son las cosas que se pudren en la heladera. Será por este motivo que, ya en la casa de la tía Cristina, me dirigí directo a la cocina.

Sobre un estante veo unas flores de madera, artificiales pero muy hermosas. Sobre la mesada, diviso una pecera globo con un pececito gordo tipo surubí en miniatura.

De repente el pez gordito, acercándose a la superficie del agua, comienza a mover su boca desesperadamente en busca de alimento.

"¡¡Está muriendo de hambre!!", piensa la tana desesperada y melodramática. Comienzo a buscar frenética. Busco rastros de algún tarrito que se parezca a ésos de alimento para pez. No lo encuentro.

Maconda entonces toma la decisión de prepararle al pobre pececito gordo algo similar al alimento para pez, algo que se le parezca. Comienzo a preparar una vitina. Sentía que el tiempo del pobre pececito se acababa. Boqueaba desesperado del hambre. Todos mis movimientos eran a contrarreloj.


Cuando estoy por terminar la preparación de la vitina, veo de repente el típico salerito con un dibujito de pez. Había encontrado el alimento pero ahora me entraba la duda:
"¿Le doy la sabrosa vitina o esta cosa artificial y seca que es el alimento balanceado? El pobre pececito está moribundo y puede no tener fuerzas para morder el alimento seco"

Opto por tirar sobre la superficie del agua una dosis del alimento balanceado. El pez no se movía. Flotaba inerte sobre el agua. Por un instante morí de pena, cuando de improviso, el pez comenzó a comer.

El alivio y la felicidad de ver al pececito gordo con vida, dieron fin a mi sueño.





PD- Estoy a dieta.

PD2- Autointerpretación del sueño: un episodio onírico con una vasta cantidad de ejemplos sobre la mierda de la comida light, la artificialidad de la delgadez, y el toque ítalo-trágico "me muerooo de hambree, me mueroooo"

PD3: Es la primera vez que la vida me obliga a hacer dieta. Y no paro de hacer un escándalo de ello.

viernes, 16 de julio de 2010

Sobre la mentira




La concepción que la mayoría de los mortales tenemos sobre la mentira, se basa en su condición de ser ajena a uno. Y, si bien sabemos que a veces las peores mentiras nacen bien adentro de uno mismo, en general nuestra primera reacción frente a la idea del mentir es patear la pelotita hacia otros lares.

Este inconsciente colectivo mentiroso, se expresa de mil maravillas en estos clichés de barrio: "ay, ¡¡pero qué barbaridá!!", o bien "¡cosa de no creer!". Clichés, por otra parte, que van generalmente acompañados de cara de consternación, estupefacción y... falsedad, es decir, más mentira.

Pero lo peor de este verbo es que ni bien se constituye el "yo miento", se teje una especie de magma devoradora en donde todo empieza a caer dentro de ese agujero negro. Digamos que está quién miente, y quien acepta ser mentido. Y en esta relación bien dialéctica nace LA mentira.

Por más que deseemos ser esos seres tan pensantes, sinceros y honestos... acá tenemos a Maconda en sesión con su psicóloga:



Maconda: me quedé sin cigarrillos, ¿no me convidás uno?

Psicóloga: sí, como no. Tomá (alcanza un atado de cigarrillos a Maconda)

M: (observando que dentro del atado quedan sólo dos cigarrillos) Pero no te queda casi ninguno...

P: nono, tengo más, no te hagas problema,

M: mmm, ¿tenés más? ¿seguro?

Psicóloga: ¿vos pensás que yo te miento?

sábado, 10 de julio de 2010

Sobre el amor a los maestros... y el amor a los alumnos


Tengo una alumnita de piano. Se llama Agustina y comenzó su camino en la música a la misma edad en la que lo hice yo: a los 8. Soy su primera profesora. Y ella es mi primera alumnita.

Fue en nuestro primer encuentro, el año pasado: estábamos las dos ansiosas. Al abrir la tapa del piano, sus ojos enormes se agrandaron y, sin pedir permiso, colocó sus manitos sobre el teclado. Lo hizo con una naturalidad tan enorme que ahí la que agrandó su mirada fui yo.

Venimos viendo acordes tríadas. Hace un par de clases se me plantó firme y me pidió que le enseñara a COMPONER.

Le pasé a la mamá un cd interactivo para la pc con juegos musicales y los instrumentos de la orquesta. Al momento de entregárselo, tuve un flashback. Recordé que, a mis 9 años, ese cd me hizo conocer al "Señor Fagot", y sorprenderme al saber que ningún instrumento melódico abarca el rango del piano.

Su entusiasmo, su capacidad de asombro todavía intacta, su amor por el arte y por sus maestros... todo esto me hizo recuperar muchas cosas que habían caído archivadas en algún baúl.

Gracias a ella recuerdo cada miércoles por qué elegí amar la música.

Agustina aprende de mí. Pero yo aprendo más aún de ella.

domingo, 13 de junio de 2010

La cama I

Levantarme de la cama es un hecho angustioso por varias razones. Algunas de ellas, las desconozco todavía (e iré intentando hacérselas escupir a mi psicóloga). Otras son... dos:


- Soy de sangre azul, y, por lo tanto, soy menos homeoterma que los demás. In spagnolo: el mundo exterior a las frazadas es hostil porque hace mucho frío (en invierno) o está fuera del alcance del ventilador (en verano)


- Sufro buscando qué ponerme porque ya no uso uniforme. Y no sé por qué carajo no puedo superarlo.

viernes, 11 de junio de 2010

Banana con dulce de leche

Dejando momentáneamente de lado el relato minuto a minuto de la crisis existencial que estoy atravesando (ésa que me dice "para qué carajo te pusiste a estudiar música cuando podría haber sido la mejor abogada del barrio"), les paso el rating de mi madrugada de hoy:


Minovio
salió de parranda. Primero asado y luego boliche.

Yo, filtrada, a viernes de una semana olvidable -y sin ganas de depilarme, plancharme el pelo, y probarme todo el placard para igualmente sentirme gorda-, balbuceé casi bradipsíquica un "andá vos nomás"


Pero... ni bien mi príncipe cerró la puerta a sus espaldas, empezó la joda:

- Fui a la verdulería (desde que vivo con él, la verdulera olvidó mi asidua cara, porque, claro, el és carnívorooo)
- Degusté mi brócoli y mi ensalada de cherry con repollo colorado tal como infante yankee en pleno Halloween.
- Y rematé mi guilty pleasure con una banana delicadamente untada con el más puro dulce de leche La Serenísima (hubiese preferido un Ilolay o un San Ignacio, pero sería pedirle demasiado al almacenero de la esquina y a la vida en general)

Me siento un poquito loser, pero bastante, bastante feliz.

viernes, 4 de junio de 2010

Pudor Facebookiano

Será que a mis 27 años ya tengo mentalidad de vieja reaccionaria gorilácea... pero desde que estamos en la era D.F. (Después de Facebook), me pasa de sentarme a webear y sentir un escalofrío cortito cada vez que entro al "inicio" del susodicho cliente http.

Parece que los que idearon el cuadro de diálogo "¿qué estás pensando?", eran un par de herejes masones que intentaban emborracharnos. Y, cuando me encuentro con cosas como "bañando a michi" o "a veces una digna derrota es mejor que la más grande victoria" (y la citan como propia de... ¿¿¡¡¡Borges!!!??), ahí estamos en bajo ese "chill moment" odioso que me parte la nuca.

Pero la cosa empeora cuando encuentro frases del tipo "Te amo Puchi!!! Sos la coshita más arrrmosaaa del mundo, q le vamos a aser!!!!"...

Una mina que escribe frases como ésa, sería, para mí, algo así como una trola de los afectos. Y ojo que nadie podrá decirme que opino bajo una forma de vieja armargada, ya que minovio cumple más que satisfactoriamente sus deberes.

No me decido sobre si me da más pudor el exhibicionismo público o las faltas de ortografía.

Igual, lo que realmente me saca de quicio es la absoluta falta de redacción.

Puedo perdonarte que escribas cosas como "frace" o "aser" o hasta incluso un "haber" (queriendo decir "a ver"); pero que desconozcas el uso de las comas y los puntos, hace que, luego de freírme el cerebro intentando descifrar ese choclo sin orden, tenga ganas de matarte o de iniciar un programa de realfabetización... y hasta te pagaría para que vayas.

lunes, 31 de mayo de 2010

Duda dolorosa. Introducción


Nunca lo conté acá, no al menos linealmente. Pero algo dije sobre tocar el piano. Y no mucho más.

Tengo fotos a los 8 meses sentada en mi sillita de juguete con los auriculares puestos (éstos más grandes que yo). Tengo foto robando cassettes y un recuerdo sobre el misterio enorme que me generaba el equipo de música. En esa época los equipos de música eran aparatos gigantescos, para los cuales debía construirse un mueble que, a mí, me resultaba colosal. Al año y medio de vida, el único estante a mi alcance era el primero, ahí donde estaban los discos de vinilo. Y hasta hoy guardo en mi memoria esas imágenes: las tapas de los discos de Beethoven y Mozart elegidas por sobre las demás.

Mi mamá cuenta que, de bebé, me llamaba la atención la música de las publicidades de televisión.

En mi casa no había instrumentos musicales. Mi abuela paterna era pianista, y aparentemente una muy buena, pero no llegué a conocerla. Sólo la recuerdo vieja y enferma. Mi vieja estudió piano, pero sus padres nunca pudieron comprarle uno. Hoy por hoy, tengo un primo baterista, dos guitarristas y uno trompetista. Mi viejo decía jocosamente que es "un virus que anda por la familia"

Ya en jardín de cinco, en la salita de música de mi escuela había un piano de cola muy hermoso. Cada vez que ese piano sonaba, yo oscilaba entre la fascinación total y el deseo desmedido de que la maestra me dejase tocarlo. Y eso una vez sucedió: un día la maestra dijo que nos dejaba tocar el piano a todos, sólo si pasábamos ordenadamente de a uno y a condición de que, luego de tocarlo, le explicásemos lo que habíamos hecho...

Y ahí estaba yo, haciendo la fila que iba hacia mi turno de tocar el piano. Mi cabeza estallaba de deseo pero también explotaba de tensión: me sentía presionada a "explicar algo" después de tocar. Pero nunca había tocado un piano en mi vida. No sabía lo que iba a sonar debajo de mis dedos y, por lo tanto, no podía inventar, no podía preparar una explicación a priori. Me enfrentaba a lo imprevisible. Quería lograrlo todo: tener el placer de tocar el piano y quedar como la mejor alumna con la mejor explicación. Así que ahí estaba yo, librando una lucha intestina en mi interior por tenerlo todo. Oscilando entre la impaciencia de que por fin llegase mi turno y la necesidad de tener más tiempo para pensar.

Antes que yo pasaron varios. Todos hacían incoherencias y salían rápido del piano, supongo que frustrados por no haber logrado articular una explicación sobre lo que habían hecho, claro. Y ahí seguía yo esperando, queriendo destacarme, necesitando la atención de la maestra y emanando humito de la cabeza. Hasta que llegó el turno de Adrián, hijo de padre músico y compositor.

Adrián tocó todas las teclas, del grave al agudo. Impuso presencia y, al contrario de los demás, se tomó su tiempo para recorrer todo el teclado. Cuando terminó, y frente a la pregunta de la maestra, dibujó esto:


"seño, yo hice un oso que se fue transformando en pajarito"





Un genio. Lo odié. Lo odié todos estos años hasta ayer. Me robó mi momento. Me robó mi explicación. Derrotada, abandoné mi esfuerzo mental que buscaba un speech y simplemente aguardé mi turno. Vergonzosa y sumisa, toqué teclas aleatorias, y, no queriendo robarle tiempo a la seño, no dije nada y me quedé con ganas de más.


No supe ser como él. No supe imponerme y tomarme mi tiempo para hacer lo que deseaba (que era tocar todas las teclas, pero éramos muchos y eso significaba abusar del permiso para que todos pudiéramos tocar) Por pudor, por escrupulosa y correcta, mi primera experiencia con el piano fue algo así como una relación sexual en donde no acabás y te dejan plantada.


Y todavía sigo buscando ese momento que no fue. Por él sigo en movimiento.